En tiempos de mi abuela, era muy normal decir esto. Utilizar esta expresión para ser claros y concisos acerca de la actitud de alguien que estaba errando o errado. Hoy, pareciera ser que utilizar este dicho podría sonar insultante. Sin embargo, el insulto está en otro lado. Y lo digo porque me cansé de escuchar estupideces de gente que “mea afuera del tarro” escribiendo, diciendo y sosteniendo necedades acerca del matrimonio gay, unión civil entre personas del mismo sexo o como quieran llamarle.Como si todo lo dicho hasta ahora no hubiera sido suficiente, ahora salió el indefinible obispo de La Plata, Antonio Marino, a decir la pavada mayor: que las uniones homosexuales son “violentas” y “no permanentes”.
Específicamente, indicó que “las parejas homosexuales son uniones 30 veces más violentas que las heterosexuales y no son permanentes ya que tienen hasta 500 parejas en toda la vida. Como si la burrada no alcanzara, agregó un dato que a lo único que mueve es a risa: argumentó que "las personas que practican la homosexualidad padecen de más ansiedad, tienen más tendencia al suicidio, y consumen con más frecuencia estupefacientes. Esto las hace menos beneficiosas para el Estado".
Por eso, yo sostengo que este obispo está meando afuera del tarro. Busqué cientos de formas alternativas de decirlo pero, lamentablemente, no la encontré. “Orinar fuera del receptáculo” me pareció medio frío; motivo por el cual me acordé del Negro Fontanarrosa y… al pan, pan.
Si la Iglesia, a través de este exponente, generaliza, yo también voy a generalizar. Porque la Iglesia, aparentemente, no sabe que no todos los gays somos iguales. No es lo mismo Guido Suller, Oggi Junco o Zulma Lobato que yo. Como tampoco es lo mismo el cura de campo que se rompe el lomo todos los días para que sus pibes coman que el obispo que jamás levantó su trasero del aterciopelado sillón que lo soporta. En virtud a ello, y como generalizaron con los gays, voy a generalizar yo con la Iglesia.
Ante todo, quiero dejar en claro que soy católico apostólico romano (por inducción) pero creyente a ciegas por deducción. Eso, traducido, significa que no creo en la Iglesia (justamente porque la Iglesia no me da motivos para creer en ella) pero sí creo en Dios.
Lo que me pregunto es cuando la Iglesia va a hacer el mea culpa. Pero de verdad. Cuando la Iglesia va a decir tiene sacerdotes agresivos: en su seno acunó durante varios años, por citar un ejemplo, a un sacerdote que mató a su ex amante y a su hija. La historia indica que en 2007, en Colombia, un párroco mató a su amante y a su hija, de cinco años. Por supuesto, en un primer momento lo negaron, como debe ser y como manda la costumbre de la Iglesia. Ahora, la parroquia deberá pagar 318 mil dólares de indemnización. (Fallo contra la Iglesia Católica fue emitido por un juez de Belén de Umbría, localidad del departamento de Risaralda -en el Oeste del país cafetero- en cuya zona rural fueron hallados en febrero de 2007 los restos de la amante y de su hija; asesinadas por el sacerdote).
Nosotros, los gays, cuidamos a nuestras madres –generalmente- hasta el día en que nosotros mismos, muchas veces, les cerramos los ojos. Otros, católicos a ultranza, la tiran en el altillo y ahí la dejan morir… Como sabemos que no vamos a formar una familia “tradicional”, valoramos la familia que tenemos.
Con respecto a que tenemos “ansiedad, más tendencia al suicidio, y consumimos con más frecuencia estupefacientes” permítame decirle que siento que me está faltando el respeto. Y no solo a mí. Podemos ser ansiosos como cualquier mortal. Solo que los gays somos ansiosos en la búsqueda de la perfección, del combate de la mentira, la hipocresía y el ocultamiento de la verdad. Para la Iglesia, somos algo así como “granos” en el lugar más incómodo del cuerpo. En realidad, no les molestamos por nuestra elección sexual, puesto que muchos gays “prestan sus servicios” a la sagrada institución. Molestamos porque combatimos las mentiras que ustedes intentan sostener desde la época de la Inquisición. En mi caso, no necesité, no necesito y creo que no voy a necesitar drogarme porque desarrollé una capacidad creativa y lúdica que me permite “volar” con pensamientos, no con estupefacientes. Y lo logré el día en que decidí que en mi vida mandaba yo, y no cuatro imbéciles ortodoxos.
No es casual que muchos digan que la Iglesia tuvo su época dorada durante la Edad Media: fue justamente esa la edad de oro de los torturadores y de la imaginación puesta al servicio de los mismos, desbordándose y agudizándose al máximo, inventando los mejores y más prácticos medios de tortura. Y sin ir tan lejos en el tiempo, recuerdo también lo feliz que estaba la Iglesia durante nuestra propia dictadura, apoyando y silenciando todo aquello que se opusiera a sus intereses… Hace ocho años que vengo buscando un artículo de diario o alguna “cartita” escrita por un Obispo en la que dijera que los militares eran agresivos… Tampoco leí ni escuché a un Obispo decir que Galtieri era dependiente del whisky… Claro… el Estado es el proveedor del diezmo más corrupto.
Los agresivos somos los gays… pero no puedo olvidar que por la época de la Inquisición, se ponían las piernas de la víctima en un cepo, para que le fuera imposible el movimiento, y a continuación se le untaba los pies con grasa o sal. Luego, una cabra (si, un animal), comenzaba a lamer con fuerza y con la aspereza de su lengua levantaba la piel de los pies de la víctima, provocando un terrible dolor.
La agresividad de los gays jamás concebiría una tortura del tipo de “la rata” (que también fue muy utilizada durante la Inquisición): se colocaba sobre el abdomen de la víctima una jaula abierta por su base. En el interior se encontraba la rata que venía a ser molestada por los torturadores, con fuego principalmente. El animal despavorido buscaba la manera que fuera para escapar y terminaba por excavar un túnel en las entrañas de la víctima.
Y, casualmente, la Iglesia no fue a revisar entre los gays cuales son los métodos de “agresividad” que supuestamente utilizamos para copiarlos en su adorada Inquisición. No. Fue a consultar a Fálaris (siglo VI a. de C.) fue Tirano de Agrigento durante el 570 a. de C. y 555 a. de C. Ascendió al poder con el apoyo popular, gobernando sanguinariamente. Extendió los dominios de Agrigento y combatió en Himera a los cartaginenses. Tan macabro personaje ideó un método de eliminación de opositores a su tiranía, que más tarde fue adoptado por la Inquisición durante los siglos XVI al XVIII.
Este método, era conocido como el toro de Fálaris; y consistía en meter a los herejes dentro de una esfinge de bronce o hierro con forma de toro, quemándolos vivos. Esto divertía especialmente a los espectadores, ya que los alaridos de las víctimas se podían escuchar a través de la boca del toro, asemejándose a los mugidos de dicho animal.
A los gays jamás se nos ocurriría castigar a nadie utilizando “el potro”: es un instrumento de tortura en el que la víctima, atada de pies y manos con unas cuerdas o cintas de cuero, a los dos extremos de este aparato, era estirada lentamente produciéndole la luxación de todas las articulaciones -muñecas, tobillos, codos, rodillas, hombros y caderas-. Este método, se tiene constancia que se aplicó durante todo el período que duró la Inquisición en los países de Francia y Alemania.
Y así podemos seguir enumerando lo que hizo la Iglesia durante toda su existencia, hasta hoy. Pero claro… los agresivos somos los gays.
Yo no se si el 14 de julio el matrimonio gay, unión civil o como quieran llamarla se convertirá en ley. Lo que me hastía es que se usen argumentos tan despreciables, tan obsoletos y tan arcaicos para intentar tapar el sol con un dedo. El mundo avanzó. Claro… la Iglesia no se dio cuenta.
Entiendo perfectamente que cada Iglesia tenga su parecer formado al respecto. Y lo respeto. Yo quiero esa ley. Pero entiendo a las congregaciones religiosas que no están de acuerdo. Solo que ese parecer debe ser tratado y pregonado dentro de cada una de las Iglesias. No por fuera. Porque eso habla de debilidad. Entiendo y comparto que se pida a los fieles que no apoyen el matrimonio gay. Pero no salgan a decir pavadas por los medios, porque hay gente que no es católica y que no tiene ganas de escucharlos. La Iglesia católica dejó de ser “la única Iglesia”… ¿algún día van a entenderlo?...
Entiendo que estarán tristes y furibundos porque hoy no tienen la Inquisición a mano. Que fácil sería hoy agarrar a los gays y torturarlos con alguno de los métodos que enumeré anteriormente. Lástima… pasaron los años. Sin embargo, la mentira es un método que todavía está latente. Los gays no somos ni más ni menos agresivos que cualquier ser humano normal. Los gays no somos ni más ni menos infieles que cualquier ser humano normal. Justamente… porque los gays somos seres humanos. En mi caso, un ser humano que desde su lugar “de exclusión” está cubriendo la carencia que en algún punto corresponde a la Iglesia católica… Porque ustedes piden que antes de preocuparnos por el matrimonio gay, nos preocupemos por los chicos que están en la calle. En mi pueblo, un hogar que pertenece a la Iglesia católica posiblemente sea cerrado. Claro… son tres chicas nomás. Pedimos… pero no cumplimos.
Los gays somos individuos. Y como dijo Montesquieu, “una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”. La amenaza, entonces, no somos nosotros. Los gays no contagiamos “homosexualidad” por la calle. Incluso, no vamos pregonando por los medios de comunicación las ventajas de “pasarse de bando”. No queremos convencer a nadie de nuestra verdad. Nosotros somos como somos, el resto es como es. Y así está bien. Porque solo la diversidad construye sociedades maduras, capaces de discernir entre blanco, negro y gris. Peleamos continuamente por las diversidades (ahí está nuestra agresividad para ustedes: que opinemos que hay que creer en Dios, sin fijarnos demasiado en los intermediarios que se pongan en nuestro camino). Yo no incito sexualmente al verdulero ni intento manosear al carnicero. Así como él me respeta, lo respeto yo. Esa es la base de las sociedades maduras.
Y si su problema es que mañana se pida que la Iglesia case a los gays, pierdan cuidado: no es mi intención entrar vestido de blanco a la Iglesia. Lo único que queremos los gays es poder unirnos civilmente (con el reconocimiento de la ley), para que yo no tenga que hacer un testamento por si me pasa algo, para que mi pareja pueda tener los días que le corresponden en su trabajo si yo necesito hacer un tratamiento médico con internación, para que yo o él podamos gozar de los beneficios de la jubilación y para que –algún día-, pueda mirarlo a los ojos (como lo miro todos los días) y agradecerle a Dios haberlo puesto en mi camino. Estoy atravesando un difícil momento de salud. Y al lado mío está mi pareja. Ojalá usted, monseñor o lo que sea, estuviera un minuto arriba de mi auto o dentro de mi casa para escuchar nuestras conversaciones: la desesperación de no saber que haríamos el uno sin el otro; el miedo a un futuro sin tenernos, los recuerdos de más de diez años de pareja (porque yo no tuve, no tengo ni tendré 500 parejas en la vida). Queremos que la ley nos reconozca como iguales. No es tanto pedir. Por eso, ocúpense de remozar conceptos, y no abarquen tanto.
Tengan cuidado. Una vez, un loquito llamado Lutero (dibujo que ilustra esta carta), les movió el piso. No sea cosa que se duerman en los laureles y aparezca un nuevo Lutero para revolucionarles el gallinero. Porque al paso que van, se olvidaron de la Iglesia, de la Biblia y de Cristo. Están tan ocupados tratando de interferir en el dictado de leyes, en la Cámara de Senadores y en otros tantos temas, que descuidaron, cómicamente, el pago chico.
Hace unos años dije algo. Y hoy, tristemente, lo sostengo. La Iglesia católica perdió el rumbo de tal forma que si Jesús se parara hoy en la puerta… no lo dejarían entrar porque está mal vestido, huele mal o defiende y los pobres.
(Copia de esta carta fue enviada a los principales diarios nacionales)
Pablo Leger
DNI 21.444.809
DNI 21.444.809